Audiencia
general de Miércoles Santo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Mañana
es Jueves Santo. En la tarde, con la Santa Misa “en la Cena del Señor” iniciará
el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que es el
culmen de todo el año litúrgico y también el culmen de nuestra vida cristiana.
El
Triduo se abre con la conmemoración de la Última Cena. Jesús, en la vigilia de
su pasión, ofreció al Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las formas del pan y del
vino y, donándolos como alimento a los apóstoles, les ordenó que perpetuaran la
ofrenda en su memoria.
El Evangelio
de esta celebración, recordando el lavatorio de los pies, expresa el mismo
significado de la Eucaristía bajo otra perspectiva. Jesús – como un siervo –
lava los pies de Simón Pedro y de los otros once discípulos (cfr. Jn 13,4-5).
Con
este gesto profético, Él expresa el sentido de su vida y de su pasión como
servicio a Dios y a los hermanos: “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para
ser servido, sino para servir” (Mc 10,45)
.
Esto
sucedió también en nuestro Bautismo, cuando la gracia de Dios nos ha lavado del
pecado y nos hemos revestido de Cristo (cfr. Col 3,10). Esto sucede cada vez
que realizamos el memorial del Señor en la Eucaristía: hacemos comunión con
Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha
amado (cfr. Jn 13,34; 15,12).
Si nos
acercamos a la Santa Comunión sin estar sinceramente dispuestos a lavarnos los
pies los unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor. Es el servicio
de Jesús donándose a sí mismo, totalmente.
Después,
pasado mañana, en la liturgia del Viernes Santo, meditamos el misterio de la
muerte de Cristo y adoramos la Cruz.
En los
últimos instantes de vida, antes de entregar el espíritu al Padre, Jesús dijo:
“Todo se ha cumplido” (Jn 19,30). ¿Qué significa esta palabra, que Jesús diga:
“Todo se ha cumplido”? Significa que la obra de la salvación está cumplida, que
todas las Escrituras encuentran su pleno cumplimiento en el amor de Cristo,
Cordero inmolado. Jesús, con su Sacrificio, ha transformado la más grande
iniquidad en el más grande amor.
A lo
largo de los siglos, encontramos hombres y mujeres que con el testimonio de su
existencia reflejan un rayo de este amor perfecto, pleno, incontaminado.
Me
gusta recordar un heroico testigo de nuestros días, Don Andrea Santoro,
sacerdote de la diócesis de Roma y misionero en Turquía. Unos días antes de ser
asesinado en Trebisonda, escribía: “Estoy aquí para habitar en medio de esta
gente y permitir hacerlo a Jesús, prestándole mi carne… Nos hacemos capaces de
salvación sólo ofreciendo la propia carne. El mal del mundo hay que llevarlo y
el dolor hay que compartirlo, absorbiéndolo en la propia carne hasta el final,
como lo hizo Jesús”. (A. Polselli, Don Andrea Santoro, las herencias, Città
Nuova, Roma 2008, p. 31).
Que
este ejemplo de un hombre de nuestros tiempos, y tantos otros, nos sostengan en
el ofrecer nuestra vida como don de amor a los hermanos, a imitación de Jesús.
Y
también hoy hay tantos hombres y mujeres, verdaderos mártires que ofrecen su
vida con Jesús para confesar la fe, solamente por aquel motivo. Es un servicio,
servicio del testimonio cristiano hasta la sangre, servicio que nos ha hecho
Cristo: nos ha redimido hasta el final. ¡Y es éste el significado de aquella
frase “Todo se ha cumplido”!
Qué
bello será que todos nosotros, al final de nuestra vida, con nuestros errores,
nuestros pecados, también con nuestras buenas obras, con nuestro amor al
prójimo, podamos decir al Padre como Jesús: ¡“Todo se ha cumplido”!
Pero no
con la perfección con la que lo dijo Jesús, sino decir: “Señor, he hecho todo
lo que podía hacer”.
¡“Todo
se ha cumplido”! Adorando la Cruz, mirando a Jesús, pensemos en el amor, en el
servicio, en nuestra vida, en los mártires cristianos. Y también nos hará bien
pensar en el fin de nuestra vida. Ninguno de nosotros sabe cuándo sucederá
esto, pero podemos pedir la gracia de poder decir: “Padre, he hecho todo lo que
podía hacer”. ¡“Todo se ha cumplido”!
El
Sábado Santo es el día en el cual la Iglesia contempla el “reposo” de Cristo en
la tumba después del victorioso combate en la Cruz. En el Sábado Santo, la
Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe está recogida en
ella, la primera y perfecta discípula, la primera y perfecta creyente.
En la
oscuridad que envuelve la creación, Ella se queda sola para tener encendida la
llama de la fe, esperando contra toda esperanza (cfr. Rm 4,18) en la
Resurrección de Jesús.
Y en la
grande Vigilia Pascual, en la cual resuena nuevamente el Aleluya, celebramos a
Cristo Resucitado, centro y fin del cosmos y de la historia; vigilamos plenos
de esperanza en espera de su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena
manifestación.
A
veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma; a veces
pensamos: “Ya no hay nada más que hacer”, y el corazón no encuentra más la
fuerza de amar… Pero precisamente en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego
del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio,
algo comienza en la oscuridad más profunda.
Nosotros
sabemos que la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience la
jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que vence y que
enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha sido volcada dejando espacio
a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua!
En esta
santa noche la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros
no exista el lamento de quien dice “ya…”, sino la esperanza de quien se abre a
un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él.
Nuestra
vida no termina delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá,
con la esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro.
Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que sepan
advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos
que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana.
Queridos
hermanos y hermanas, en estos días del Triduo Santo no nos limitemos a
conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos
nuestros sus sentimientos, sus actitudes, como nos invita a hacer el apóstol
Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).
Entonces la nuestra será una “buena Pascua”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario